cuando el pasado se convierte en deseo.
Por fin tuve la conversación con Dios que debí haber tenido hace seis años. «Dios», le dije, «extraño mi casa». Las fiestas regresan y una vez más, llegó la hora de reunirse en la casa y en la iglesia con familiares y amigos. Pero ahora, no tengo dónde hacerlo. Hasta una cena simple con mi hermana, mis hijos y mis nietos, no la puedo hacer aquí en este sótano. He ido de anfitriona a invitada, porque ni siquiera tengo sillas para todos, ni una mesa grande, ni una cocina cómoda. Todo mi equipo de anfitriona está guardado en un armario. Aunque no me considero la mejor anfitriona, me gusta hacerlo, y cuando lo hago, lo hago de la mejor manera posible y lo disfruto al máximo. Ya no tengo una casa. Vivo en el sótano de la casa de mi hija. Extraño la casa que tuve en Miami y la que luego tuve en Texas. No eran grandes ni lujosas, pero eran mías, todo mías. Entonces pienso en los últimos cuatro años de la vida de mi madre, en la prisión de un hogar de ancianos por motivos de salud. Recuerd...