cuando el pasado se convierte en deseo.

Por fin tuve la conversación con Dios que debí haber tenido hace seis años. «Dios», le dije, «extraño mi casa». Las fiestas regresan y una vez más, llegó la hora de reunirse en la casa y en la iglesia con familiares y amigos. Pero ahora, no tengo dónde hacerlo. Hasta una cena simple con mi hermana, mis hijos y mis nietos, no la puedo hacer aquí en este sótano. He ido de anfitriona a invitada, porque ni siquiera tengo sillas para todos, ni una mesa grande, ni una cocina cómoda. Todo mi equipo de anfitriona está guardado en un armario. Aunque no me considero la mejor anfitriona, me gusta hacerlo, y cuando lo hago, lo hago de la mejor manera posible y lo disfruto al máximo.

Ya no tengo una casa. Vivo en el sótano de la casa de mi hija. Extraño la casa que tuve en Miami y la que luego tuve en Texas. No eran grandes ni lujosas, pero eran mías, todo mías.

Entonces pienso en los últimos cuatro años de la vida de mi madre, en la prisión de un hogar de ancianos por motivos de salud. Recuerdo que anhelaba regresar a su casa, aun cuando en el fondo sabía que nunca volvería. Por fin se convenció de que su sueño de tener su casa como le gustaba era solo eso, un sueño. La enfermedad la tenía atrapada. El día que salió de su casa, supo que nunca volvería. También pienso en mi hermana mayor, quien todavía vive en la casa que construyó, pero no es feliz. Delicada y débil, ni siquiera tiene fuerzas para limpiarla. Me entristece, por muchos motivos, y me avergüenza.

Ya yo no tengo la casa que tenía antes. Y mientras reflexiono en esto, escucho la voz de Dios que me habla. Ya no tengo aquella casa bonita. Pero tengo un hogar. Cuando miro a mi alrededor, a la vida que comparto con mi familia, no puedo sentir más que contentamiento. Mi corazón está satisfecho. Tengo salud para continuar con mi vida y mi ministerio.

Hoy se celebra el Día de dar gracias, y tan ordinario como pueda parecerle a algunos, mi oración, la Palabra y la convicción que Dios me dio, es que no vale la pena pensar continuar anhelando el pasado porque nunca volverá. Debo enterrarlo donde debe estar, en el pasado, y no debo morar ya en algo que no existe en el presente. Dios quiere que me enfoque en el futuro, en el próximo capítulo. Que disfrute mi sótano. Que abrace la próxima etapa. Que me prepare para recoger el fruto de mi labor. «Tango tantas otras cosas preparadas para ti, mucho mejores que un par de estructuras de ladrillo. Levántate. Yo soy tu hogar».

Mejor es el fin de un asunto que su comienzo; mejor es la paciencia de espíritu que la arrogancia de espíritu…No digas: «¿Por qué fueron los días pasados mejores que estos?». Pues no es sabio[e] que preguntes sobre esto…Considera la obra de Dios: Porque ¿quién puede enderezar lo que Él ha torcido? 14 Alégrate en el día de la prosperidad, y en el día de la adversidad considera: Dios ha hecho tanto el uno como el otro». (Eclesiastés 7:8,9,13-14 NBLA).

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