...esa montaña que tienes por delante.
12 Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre. 13 Y viendo desde lejos una higuera que tenía hojas, se acercó para ver si hallaba en ella algo. Cuando fue a ella, no encontró nada más que hojas porque no era tiempo de higos. 14 Entonces Jesús dijo a la higuera: “¡Nunca jamás coma nadie de tu fruto!”. Y lo oyeron sus discípulos.
20 Por la mañana, pasando por allí vieron que la
higuera se había secado desde las raíces. 21 Entonces
Pedro, acordándose, le dijo:
—Rabí,
he aquí la higuera que maldijiste se ha secado.
22 Respondiendo Jesús les dijo:
—Tengan
fe en Dios. 23 De cierto les digo que
cualquiera que diga a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y que no dude en
su corazón sino que crea que será hecho lo que dice, le será hecho. 24 Por
esta razón les digo que todo por lo cual oran y piden, crean que lo han
recibido y les será hecho. 25 Y cuando se pongan de
pie para orar, si tienen algo contra alguien, perdónenlo para que su Padre que
está en los cielos también les perdone a ustedes sus ofensas.
Acabo de leer Marcos 11:1-25 en mi devoción del día.
Fue un pasaje revelador para mí. Cuando uno crece en la Iglesia oyendo y
leyendo los versículos del 20 al 26, acerca de creer y la montaña que se mueve
y todo eso, la mayoría de las veces sin leer el contexto del perdón y la
higuera. Es interesante que Jesús comenzó y terminó la enseñanza con los temas
del orgullo y el perdón. ¿Pero maldecir a una higuera? ¿En serio? ¿Y qué tiene
que ver ese incidente común con pedir y recibir de Dios? ¿Por qué se ensañaría
Jesús en una higuera inocente solo porque no tenía fruto, sobre todo si no era
todavía su tiempo? No tenía sentido para mí. ¿Es que Jesús no lo sabía? ¡Claro
que sí! Pero más tarde descubrimos que no se trataba de la higuera sino de
nosotros. Jesús comenzó con la higuera porque, como verás, la higuera es
símbolo de prosperidad, paz y abundancia, tanto material como espiritual. Se
presenta orgullosa y provee sombra. Aún algunas de sus variedades, cuando las
leemos en inglés, son Impresionante Black Mission, Encantadora
Celeste Fig, Rey Fuerte del Desierto y Fantástica Brown Turkey.
Maldecirla sería secarla, hacerla infértil e inútil. En efecto, humillarla por
completo.
También nosotras podemos ser como una higuera,
erguidas, orgullosas de nuestra religiosidad y espiritualidad, sin fruto que
producir y diciendo con desdén: «Oh, no es el tiempo». Mientras tanto, nos
enfrentamos a circunstancias mayores que nosotras mismas que se levantan frente
a nosotras como una montaña imposible de escalar. Problemas genuinos. Problemas
de salud. Problemas de relación. Problemas financieros. Problemas de pecado.
Nos aferramos a los versículos 23 y 24 y le decimos al monte: «Quítate y arrójate al mar», sin
resultados. Entonces nos quejamos de que no recibimos respuesta a nuestras
oraciones. Pero, ¡ay!, el monte no es el problema. El problema está en el
versículo 25. El problema es nuestro orgullo, nuestra falta de perdón. Ese es
el monte que necesita echarse al mar. Como buenas cristianas, sabemos que no
nos debemos gloriar de nuestras posesiones, nuestra belleza o nuestro estatus
social. Sabemos que es pecado y, seamos francas, casi todas nos sabemos
controlar en ese sentido. ¿Pero qué pasa cuando nos gloriamos de nuestro
caminar con Cristo, nuestra espiritualidad, nuestra vida de oración, nuestra
sabiduría, nuestra justicia, nuestra humildad? Esto también es pecado. Esto
también es orgullo. Esto es la higuera en
nosotros diciendo: «Sí, puedo producir fruto, pero no ha llegado la
hora». Esta es la montaña delante de nosotros, la montaña del orgullo.
Sí, el orgullo. El orgullo que se
muestra en la falta de perdón. Cuando otros nos hieren, nos justificamos y
preguntamos: «¿Cómo me pueden hacer esto a MÍ, después que les di, que les hice,
que les amé, después que… y Jesús dice: «¿Quieres mover el monte? Perdona. Como
yo te perdoné a ti». Entonces, una vez que la montaña quede arrasada, podrás
pedir lo que quieras, en SU nombre (en otras palabras, basado en SU ejemplo), y
lo recibirás».
Padre, que pueda yo reconocer las
montañas frente a mí que no dejan que Tu vida fluya a través de mí. Ayúdame a
amar y a perdonar a amigos y enemigos por igual, como Tú hiciste por mí. En el
nombre de Jesús, amén.

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