...esa montaña que tienes por delante.

Mark 11:12-14; 20-25

12 Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre. 13 Y viendo desde lejos una higuera que tenía hojas, se acercó para ver si hallaba en ella algo. Cuando fue a ella, no encontró nada más que hojas porque no era tiempo de higos. 14 Entonces Jesús dijo a la higuera: “¡Nunca jamás coma nadie de tu fruto!”. Y lo oyeron sus discípulos.

20 Por la mañana, pasando por allí vieron que la higuera se había secado desde las raíces. 21 Entonces Pedro, acordándose, le dijo:

—Rabí, he aquí la higuera que maldijiste se ha secado.

22 Respondiendo Jesús les dijo:

—Tengan fe en Dios. 23 De cierto les digo que cualquiera que diga a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y que no dude en su corazón sino que crea que será hecho lo que dice, le será hecho. 24 Por esta razón les digo que todo por lo cual oran y piden, crean que lo han recibido y les será hecho. 25 Y cuando se pongan de pie para orar, si tienen algo contra alguien, perdónenlo para que su Padre que está en los cielos también les perdone a ustedes sus ofensas.

Acabo de leer Marcos 11:1-25 en mi devoción del día. Fue un pasaje revelador para mí. Cuando uno crece en la Iglesia oyendo y leyendo los versículos del 20 al 26, acerca de creer y la montaña que se mueve y todo eso, la mayoría de las veces sin leer el contexto del perdón y la higuera. Es interesante que Jesús comenzó y terminó la enseñanza con los temas del orgullo y el perdón. ¿Pero maldecir a una higuera? ¿En serio? ¿Y qué tiene que ver ese incidente común con pedir y recibir de Dios? ¿Por qué se ensañaría Jesús en una higuera inocente solo porque no tenía fruto, sobre todo si no era todavía su tiempo? No tenía sentido para mí. ¿Es que Jesús no lo sabía? ¡Claro que sí! Pero más tarde descubrimos que no se trataba de la higuera sino de nosotros. Jesús comenzó con la higuera porque, como verás, la higuera es símbolo de prosperidad, paz y abundancia, tanto material como espiritual. Se presenta orgullosa y provee sombra. Aún algunas de sus variedades, cuando las leemos en inglés, son Impresionante Black Mission, Encantadora Celeste Fig, Rey Fuerte del Desierto y Fantástica Brown Turkey. Maldecirla sería secarla, hacerla infértil e inútil. En efecto, humillarla por completo.

También nosotras podemos ser como una higuera, erguidas, orgullosas de nuestra religiosidad y espiritualidad, sin fruto que producir y diciendo con desdén: «Oh, no es el tiempo». Mientras tanto, nos enfrentamos a circunstancias mayores que nosotras mismas que se levantan frente a nosotras como una montaña imposible de escalar. Problemas genuinos. Problemas de salud. Problemas de relación. Problemas financieros. Problemas de pecado. Nos aferramos a los versículos 23 y 24 y le decimos al monte: «Quítate y arrójate al mar», sin resultados. Entonces nos quejamos de que no recibimos respuesta a nuestras oraciones. Pero, ¡ay!, el monte no es el problema. El problema está en el versículo 25. El problema es nuestro orgullo, nuestra falta de perdón. Ese es el monte que necesita echarse al mar. Como buenas cristianas, sabemos que no nos debemos gloriar de nuestras posesiones, nuestra belleza o nuestro estatus social. Sabemos que es pecado y, seamos francas, casi todas nos sabemos controlar en ese sentido. ¿Pero qué pasa cuando nos gloriamos de nuestro caminar con Cristo, nuestra espiritualidad, nuestra vida de oración, nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra humildad? Esto también es pecado. Esto también es orgullo. Esto es la higuera en  nosotros diciendo: «Sí, puedo producir fruto, pero no ha llegado la hora». Esta es la montaña delante de nosotros, la montaña del orgullo.

Sí, el orgullo. El orgullo que se muestra en la falta de perdón. Cuando otros nos hieren, nos justificamos y preguntamos: «¿Cómo me pueden hacer esto a MÍ, después que les di, que les hice, que les amé, después que… y Jesús dice: «¿Quieres mover el monte? Perdona. Como yo te perdoné a ti». Entonces, una vez que la montaña quede arrasada, podrás pedir lo que quieras, en SU nombre (en otras palabras, basado en SU ejemplo), y lo recibirás».

Padre, que pueda yo reconocer las montañas frente a mí que no dejan que Tu vida fluya a través de mí. Ayúdame a amar y a perdonar a amigos y enemigos por igual, como Tú hiciste por mí. En el nombre de Jesús, amén.

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