lecciones en jardinería.
Alimenta la raiz.
Lee Juan 15:1-11; 1 Corintios 13.
«Yo soy la vid verdadera, y mi
Padre es el labrador».
Se puede decir que soy una jardinera
frustrada. Me encanta, pero tengo la peor mano que jamás se haya visto. De
todas formas, sigo tratando. De hierbas y especias a flores; específicamente, rosas.
Hace dos años, necesitaba algo que resaltara en mi patio de atrás, y planté un
jazmín. No era grande, como un metro. Me encantaban las florecitas blancas y el
aroma que emitían. Debo decir que estaba orgullosa de mi jardín.
Entonces llegó el verano y el
horrible calor de Texas, que fue agravado por una sequía inusual y grave. Poco
a poco, mi pequeño jazmín comenzó a morir. Sus hojas se comenzaron a secar y
marchitar. Tan secas estaban que podías tomar una y se te hacía polvo en la
mano. Pero yo no perdía la esperanza de que una vez que pasara la sequía, mi pequeña
planta renaciera.
No fue así. La sequía se
intensificó; el calor casi era imposible de soportar. Nos impusieron
restricciones de agua. Mi jazmín continuaba muriendo lentamente. Le echaba
agua, y agua, y agua, a pesar de las restricciones. Todos me decían que estaba
perdiendo el tiempo. «Reconócelo, está muerta». Aunque yo parecía estar de
acuerdo, continuaba echándole agua a la tierra, por si acaso. Nada. Entonces
llegó el otro extremo del clima del norte de Texas con sus temperaturas frías
por debajo del punto de congelación de las noches. Bien, no hay remedio. Si no
murió antes, ahora sí que moriría.
Un día, llegada la primavera,
cuando todos se preparan para el ritual anual de rehacer sus jardines, y las tiendas
se llenan una vez más de todo tipo de plantas con flores y sin flores, tomamos
la triste decisión de desenterrar mi jazmín y decidir qué plantar en su lugar.
Allí estábamos, con la pala en
mano, listos para cavar, y para mi sorpresa, veo una pequeñita, diminuta, modesta,
hojita en la planta moribunda, casi pegada a la tierra. «¡Espera! ¡Está
regresando!» ¿En serio? Mi esposo me miró como si estuviera loca. «Está muerta,
amor, está muerta». Pero yo me negué a halarla. Le corté todas las ramas secas
y solo dejé la rama que tenía la hojita. Le puse alimento a la tierra y
continué con mi misión de echarle agua todos los días.
Un paréntesis: También tengo rosas,
y he aprendido a través de los años que a las rosas no les gusta que alguien
les eche agua encima, excepto la naturaleza. Cuando les echas agua, solo debes
echarle a la tierra, donde vive la raíz. Yo no sé si las rosas y los jazmines son
parientes, pero hice lo mismo con él. Comencé a echarle agua solamente a la
tierra donde está la raíz. Solo la raíz.
Ahora ya la primavera ha avanzado,
y casi llegamos al verano. Mi pequeño jazmín volvió. Casi tiene un pie de alto.
Estoy ansiosa por ver sus pequeñas flores blancas de nuevo y sentir su
maravilloso aroma llenando mi jardín cuando salgo a tomar café y conversar en
privado con Dios en el portal. Lección aprendida: Alimenta la raíz.
Tu pródigo.
Quizá pienses a veces que tu pródigo está seco, como mi jazmín. Quizá
llores y llores porque piensas que ya no queda nada por hacer, y eventualmente
habrá que halarlo. Otros querrán desecharlo. A veces tú misma. ¡Pero espera! No
pierdas la esperanza. Tú no eres el jardinero. Tu padre es. Él es el único autorizado
para cortar y podar. Tú solo alimenta la raíz. Y si no sabes cómo, lee 1 Corintios
13 una vez más por primera vez. Halo tu manual de instrucciones. Y cuando el
enemigo de tu alma quiera desalentarte, y te diga que te des por vencida, que
no queda nada por hacer, que es una causa perdida, recuerda lo que te dice el
Señor de tu alma: «Espera. No le escuches. Alimenta la raíz. ¿Quién sabe? ¡Quizá
regrese más fuerte que nunca!»
Padre, no me dejes olvidar que tú eres el jardinero supremo. Tú eres
el jardinero de mi alma y la de mi amado pródigo. Tú me lo diste para plantar,
alimentar y nutrir. Sé que hay algunas hojas secas en sus ramas, quizá muchas;
quizá parece que toda la planta está lista para ser descartada. Pero tú eres el
dador de la vida, y creo que puedes hacer vivir lo que ha muerto. No me daré
por vencida sobre lo que tú todavía puedes hacer en la vida de mi hijo (o mi
hija). Dame la sabiduría y el discernimiento para continuar alimentando la raíz
como tú quieres y esperas que haga. Por favor, te ruego que no me dejes perder
la esperanza. Pongo mi pequeño jazmín en tus manos porque tú eres mejor
jardinero que yo. En el nombre de Jesús, amén.

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