estar quietas.

 


«Estad quietos y conoced que yo soy Dios. Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra» (Salmo 46:10).

Hoy me levanté pensando en mi madre que ha estado ausente desde 2005. Este año hará 20 desde que fue a morar con el Señor. Ella siempre tenía un dicho o un refrán para todo. Siempre reaccionaba con alguna metáfora, o simplemente había frases que con frecuencia repetía, cada vez que era necesario. Mis propios hijos son víctimas de mis repeticiones de los refranes de mami.

Hoy en particular, leyendo el Salmo 46, al llegar al versículo 10, leí: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios». Entonces casi que pude oír a mami diciendo: «¡Conchita, estate quieta!». Yo siempre fui una niña inquieta y con un período de atención corto, y en ocasiones esto hacía desesperar a mi madre, que cuando se cansaba gritaba: «¡Estate quieta, por favor!».

Es curioso que este versículo está al final del capítulo, después de nueve versículos llenos de inquietud, violencia, guerras y tribulaciones. Dios le dice al pueblo con una seguridad sólida: «Estén quietos».

Para estar quietos es preciso detenernos. Detener el paso apresurado de la vida que llevamos. Es preciso desechar el ruido, las distracciones, las voces ajenas que nos  hablan constantemente y no nos dejan concentrarnos en lo más importante. Tenemos que echar de la mente todo aquello que solo viene para estorbar y hacernos dudar del Dios que al principio del salmo había dicho: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos» (v.1-2a).

Cuando estamos quietos podemos oír mejor, atender mejor, reaccionar mejor. La inquietud solo lleva a hacer las cosas a la locura, y como no podemos pensar conscientemente en lo que hacemos, a menudo las consecuencias no son buenas. Pero cuando estamos en la quietud, descansando en el amor incondicional de Dios, podemos reflexionar, pensar con cordura y mantenernos en comunión con nuestro Padre.

Mientras escribo esto, las noticias están reportando sobre los fuegos apocalípticos que enfrenta ahora la ciudad de Los Ángeles. Hemos escuchado historias de heroísmo, y hemos visto entrevistas a personas que lo han perdido todo y ahora están totalmente desorientados sobre cuál es su próximo paso. Esto me hizo pensar, ¿qué hace una persona en un momento así, cuando no tiene nada, cuando de pronto se ve totalmente impotente ante la realidad que enfrenta. Sí, sabemos que los seres humanos son resilientes, que reconstruyen. Todo el país ahora se movilizará para ayudar. Lo sabemos muy bien. Pero todo eso está en el futuro, ¿en ese momento, ese primer momento, esa milésima de segundo cuando el pánico sube al corazón?

No estoy tratando de ser condescendiente en una situación tan terrible, ni devaluar la tragedia. Al contrario, por eso fue ese primer momento lo que vino a mi mente. ¿Hay respuesta para esto?

En medio de toda esa desolación, en medio del caos y la violencia, «Estad quietos», dice Dios. Estate quieta. Detente. Echa fuera lo que te estorba y no te deja pensar, porque el versículo continúa. Dios no nos deja sin una respuesta y él siempre cumple sus promesas. «Conoced que yo soy  Dios». Mira lo que yo haré. Ten consciencia de mi poder, de mi sabiduría, de mi amor por ti. Sabe que solo yo puedo tomar algo que en ese primer momento parece imposible de superar y convertirlo en algo hermoso y maravilloso para ti y los tuyos. Solo yo tengo los recursos necesarios para reparar un mal. Solo yo. Solo Yo soy el gran Yo Soy, y «[yo] seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra» (v.10b).

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