ese momento de Eureka.

No existen “nuevas revelaciones”. Las Escrituras revelan todo lo que  hay. Solo que a algunos nos toma un poco más de tiempo para descubrirlas. A esto se le llama un momento eureka. Y cuando sucede, nos damos en la frente y decimos: “¡Duh!” ¿Te ha sucedido? A mí sí (de nuevo). Esta semana, mientras me tomaba un café con una amiga.

Te cuento. Resulta que hace muchos años, una amada mentora me dijo que la salvación y el Reino eran dos cosas diferentes. En ese momento no lo comprendí muy bien, pero con el correr del tiempo, traté de reconciliar el concepto buscando citas y versículos bíblicos que lo apoyaran, y cómo. Al pasar los años, traté de encontrar algunas explicaciones, influenciada por mis enseñanzas fundamentales que dicen que aunque la salvación es gratis y está disponible para todo el que acepte a Cristo como Salvador, existen diferentes niveles de recompensa según el nivel de nuestra fidelidad. Una posibilidad fue comparar el Reino de Dios con los reinos terrenales del feudalismo, donde encontramos a los cortesanos dentro de los muros del castillo o de la ciudad, gobernando a los que estaban fuera, pero que eran residentes del reino, como los campesinos, esclavos, etc. Otra explicación fue la posibilidad de gobernar en diferentes planetas y galaxias en el universo en el futuro. Después de todo, un Dios todopoderoso, eterno y omnisciente se ocuparía de pensar en todos los detalles, ¿verdad? ¿Y para qué crear todos esos planetas y galaxias solo para desperdiciarlos?

A mi mente pequeña y finita, esto le pareció lógico, pero con el tiempo no le di mucha importancia porque en realidad no era importante. Simplemente me concentré en agradar y servir a Dios en todo lo que pudiera por amor, y no como forma de ser “parte de la corte”.

Entonces salí a tomar café con mi amiga, y por una razón que desconozco, salió a la luz el tema. No sé por qué. Quizá quise, inconscientemente, demostrarle a mi amiga mis perspectivas y mis conocimientos teológicos. ¡Qué tontería! Ella debió haber pensado que estaba loca. Fue entonces que el Espíritu de Dios me habló. Creo que a esto se le llama convicción.  Había estado leyendo acerca del Reino de Dios y estudiando el Sermón del Monte. Sin darme cuenta, estas cosas habían penetrado en mi mente centímetro por centímetro, hasta que un día, en oración, tuve mi momento de Eureka. Leí el juicio de Jesús ante Pilato, cuando Él dijo: “Mi reino no es de este mundo”. No solo una vez, sino dos. ¡Duh! El Reino de  Dios no es un cuándo ni un dónde; es un qué.

Quédate conmigo por un momento. El Reino de Dios no tiene que ver con un lugar ni con un tiempo. Sí, después que el Señor regrese, establecerá Su Reino en la tierra, pero antes, necesita ser establecido en nosotros, en nuestro corazón. El Reino de Dios es un estilo de vida, una actitud; es interno; vive en el corazón. Por eso no es de este mundo, porque no tiene nada que ver ni puede ser comparado con reinos físicos, pasados o futuros. El Reino de Dios se encuentra en nuestra obediencia a las palabras de Jesús, en nuestra victoria sobre las circunstancias, en la vida abundante, en hacer discípulos, en la actitud del corazón que impulsa nuestro comportamiento y nuestro proceso de tomar decisiones, en el fruto del Espíritu, en la paz que sobrepasa todo entendimiento…¿Te das cuenta?

Ahí está la diferencia entre la salvación y el Reino. Desafortunadamente, aunque hay muchos que han sido salvos “como por fuego”, puede que no vivan como ciudadanos del Reino. Todavía viven en derrota, siempre preguntándose por qué no tienen el gozo y la paz que otros tienen, por qué no pueden deshacerse de esa adicción, por qué piensan que su fe es frágil. Puedo decir mucho más acerca de esto, pero hay espacio. Pero listo. Ese fue mi momento Eureka, mi duh. No porque fuera una nueva revelación, —esa siempre ha estado ahí—, sino porque me tomó más tiempo descubrirla. Tomemos un café y hablemos más.

C.

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